Ciudades inteligentes y desigualdad social (2/3). UIB, febrero 2015

CIUDAD Y MEDIO AMBIENTE  Por Eduard Cuadrado. Ambientólogo   Cuando un científico intenta estudiar, analizar e incluso valorar una ciudad, puede hacerlo desde muchos puntos de vista diferentes. Para un ecólogo, la ciudad es un ecosistema, como lo son los bosques, las marismas o las praderas. Para un físico, la misma urbe sería un sistema, con sus flujos de energía y sus ciclos de materia. Un médico podría compararla con un paciente, estudiando sus ritmos, su metabolismo, sus dolencias, sus enfermedades, etc. Un biólogo la equipararía a un ser vivo, que realiza las tres funciones vitales: nutrición, relación y reproducción.  

La similitud del trazado urbano con los tejidos celulares: una estructura fractal Todas estas visiones, bien interpretadas, son igualmente válidas para estudiar las áreas urbanas actuales y planificar, en combinación con otras disciplinas más humanísticas, como deberían ser las ciudades futuras.   Cada ciudad tiene su propia estructura (peso, dimensiones, densidad, composición…) y su propia dinámica (ciclos, flujos, ritmos…). El motor que las mueve y les da vida son sus habitantes, entre los que destaca una especie dominante (el ser humano) que comparte el espacio urbano y los recursos con otras especies de seres vivos (animales, plantas, hongos, bacterias, etc.) presentes, casi siempre, en menor proporción. Todos ellos forman parte de una extensa y compleja red interactiva que los conecta y los hace interdependientes. Dicha red se mantiene en un estado de equilibrio dinámico bastante frágil, debido principalmente a la elevada dependencia que las ciudades tienen sobre otros ecosistemas (muchas veces de distintos países y continentes) de donde obtiene recursos o donde vierten sus residuos.   A partir de esta visión de la ciudad, debemos plantearnos: ¿Como debe ser una Smart City (ciudad inteligente) des del punto de vista ambiental? ¿Cómo podemos lograr que la ocupación del territorio sea más respetuosa con el medio ambiente, con el planeta y con los habitantes que viven en él?   En la naturaleza existen desde siempre ecosistemas más resistentes y equilibrados, organismos más evolucionados y adaptables, sistemas más independientes y autosuficientes. De este modo han conseguido tener más éxito que aquellos otros que no cumplían esas características. Es por ello que las ciudades contemporáneas deberían tender a ser sistemas más eficientes, con mayor autosuficiencia, con menor entropía y, sobretodo, capaces de actuar y reaccionar ante los cambios ambientales, sociales y económicos que en ellas se produzcan.   Conceptos como resiliencia, ecodiseño, permacultura, biomímesis, agroecología urbana, economía circular, consumo colaborativo, etc. se están aplicando a multitud de proyectos e iniciativas que podrían dar lugar a nuevos modelos de ciudades. Ciudades con nuevas estructuras y con nuevas dinámicas, más adaptadas a las actuales crisis globales (la ambiental, la social y la económica). Ejemplo de ello son las “ciudades resilientes” y las “ciudades en transición”, proyectos muy interesantes en fase de prueba. Iniciativas como éstas, encaminadas a lograr un futuro más sostenibles, centran gran parte de sus esfuerzos en disminuir el impacto ambiental generado por sus ciudadanos (conocido como “huella ecológica”). Así, es importante tener en cuenta que la clave de ese cambio, de esa ansiada sostenibilidad ambiental y social de las urbes, ha de tener un protagonista indiscutible: el propio ciudadano. Ha de ser éste quien mediante sus acciones, sus cambios en los hábitos de vida, su consciencia ambiental, su educación, sus conductas de consumo, su proactivismo… participe en la creación de esas nuevas ciudades futuras.  

Edificios más sostenibles gracias a la biomímesis   Según un informe de Naciones Unidas, se prevé que para el año 2050 la población urbana mundial llegará a los 6,5 billones de habitantes, el doble aproximadamente que los 3,5 billones que había en el año 2010. Además, se espera que la tasa mayor de crecimiento se dé en las ciudades de pequeño y medio tamaño, y no en las grandes metrópolis.  Éstos son indicadores suficientes para empezar a replantearse las ciudades futuras, lugares habitables adaptados a su medio, espacios agradables y amables con sus ciudadanos.  

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