Ciudades inteligentes y desigualdad social (1/3). UIB, febrero 2015

Hace un par de días terminamos el curso «Ciudades inteligentes y desigualdad social: ¿hacia un territorio cohesivo?», que impartimos en la Universitat de les Illes Balears junto con otros profesionales de la sociología y el medio ambiente.   

Una de las sorpresas agradables que nos deparaba la experiencia fue la de encontrar múltiples conexiones entre ámbitos normalmente independientes. Términos, conceptos e incluso estrategias que nos hacen reflexionar sobre la especialización, en general, y sobre la falta de horizontalidad entre las diferentes disciplinas, en general.    Y acerca de todo ello debatimos durante dos semanas. Acerca de la creciente especialización y sectorización de las ciudades, derivada del modelo urbano que se impone. De la dispersión del territorio y de sus consecuencias ambientales y sociales. De la necesidad de involucrar al ciudadano en la toma de decisiones y en la gestión de las ciudades que habita.   Os lo contaremos todo, así, por fases, para daros tiempo a plantearos las cuestiones que tratamos… Y otras que os inspiren nuestros artículos resumen.   Aquí va, pues, el primero de ellos.    

INNOVACIÓN Y TERRITORIO Por Cristina Llorente. Arquitecto  

El paso de la ciudad compacta y compleja a la ciudad dispersa y especializada supone cambios no solo en la forma de ocupación del territorio, sino también en los modelos de transporte y de relación social. Iniciado quizás por la publicación de la Carta de Atenas (1942), que apostaba por la zonificación de las ciudades con una clara separación de funciones, comenzaba a imponerse un modelo de crecimiento que tendría su máximo exponente en Estados Unidos, consecuencia del mal entendido «sueño americano» y generador del llamado urban sprawl. La rápida expansión del territorio bajo una lógica poco o nada sostenible (a nivel ambiental ni social) daría lugar a la aparición de numerosas teorías encaminadas a frenar este crecimiento en mancha de aceite. Pero, ¿cómo revertir una tendencia que se extendía ya por las ciudades europeas? ¿Cómo reencaminar una sociedad cada vez más dependiente del vehículo privado y de las redes de infraestructuras?   Inmersos en el rápido desarrollo de los avances tecnológicos, muchos son los que plantean un nuevo concepto de ciudad como artefacto: grandes megaestructuras que recuerdan a la babilonia Torre de Babel y que son concebidas como gran aparato polifuncional y adaptable. Una «adaptación» de los modelos biológicos que vinculan el crecimiento a la necesidad del usuario y que podríamos situar entre la ciencia ficción (con las escenografías de Fritz Lang en “Metropolis”) y las obras de ingeniería (con las centrales hidráulicas o las plataformas petrolíferas). Así, la idea de la ciudad-artefacto queda plasmada en el Plan Obús que Le Corbusier diseñó para Argel, en las propuestas de la torre One Mile High de Wright o en los ya más actuales Hyperbuildings de Rem Koolhaas. Este concepto «biológico» (entendido a nivel formal) de la arquitectura tiene también cabida en estudios más teóricos y reivindicativos. Propuestas como las del grupo Archigram (1960) presentan una idea de ciudad como estructura «enchufable», donde cápsulas con diferentes funciones se acoplan a un cuerpo principal que contiene los servicios e infraestructuras. En la misma línea se encuentra el Metabolismo japonés, éste con algunas materializaciones, que plantea las urbes como grandes estructuras ampliables e intercambiables.

Plan Obús para Argel (Le Corbusier, 1933) Paralelamente a estas teorías, que clasificaríamos como utópicas, se continúa desarrollando un modelo de ciudad orientado a la especialización. La creciente construcción de las llamadas «ciudades de ocio», cuyo precursor se halla en los parques temáticos, da lugar a nuevos espacios «de felicidad», moderados solo por la capacidad de consumo de sus usuarios, que encontrarán continuidad en complejos como las Vegas o en los grandes centros comerciales del extrarradio. El problema de las «ciudades Disney», sin embargo, se agrava cuando este espacio artificial es absorbido por contextos urbanos, como sucede en determinados centros históricos convertidos en lugares de recreo para turistas y visitantes.   En esta situación compleja, donde se ponen en crisis los modelos existentes, tiene especial relevancia el rápido desarrollo de las nuevas tecnologías. Partiendo de las estructuras urbanas actuales, las ciudades del siglo XXI podrían compararse con microprocesadores informáticos o con sistemas de cadenas proteicas. Así, las TIC abren nuevas posibilidades de estudio del entrono, nuevos puntos de vista desde donde relacionar el territorio con las relaciones sociales que en él se generan. Desde que Daniell Bell acuñara en los años 70 el concepto de «sociedad post-industrial», se integra un nuevo espacio derivado de la capacidad de conocimiento y de acceso a la información: el espacio físico de las ciudad se complementa ahora con el espacio de flujos, definido por Manuel Castells, que sustituye las fronteras físicas por redes de trabajo, al tiempo que implica profundos cambios en las relaciones espaciales y temporales de los modelos urbanos. Volvemos pues a la descentralización y al abandono de la idea clásica de centro, esta vez provocados por la inmensa accesibilidad que ofrecen las nuevas tecnologías.

Redes de París. El espacio de flujos (Manel Castells, 2008) A raíz de estas cuestiones, se nos plantean varias contradicciones relacionadas con las consecuencias del desarrollo tecnológico, tanto a nivel territorial como social. Si por un lado es evidente la ventaja que supone la interconexión universal frente a las nuevas formas de vida y estructuras relacionales y familiares, existe en paralelo una deshumanización creciente, un detrimento de las redes sociales directas, del cara a cara, frente a las puramente digitales (y artificiales, en la mayoría de los casos). Trasladado al territorio, una difuminación de fronteras que provoca la dispersión de lo urbano, derivada de la relativización de las distancias físicas. Nos planteamos pues si la aparición de este nuevo espacio digital, cada vez más presente en nuestras vidas, desplaza peligrosamente al espacio real (¿cuál es, ahora, el espacio real?), al espacio contenedor de relaciones que fomenta la identidad, el contacto físico y el sentimiento de pertenencia. Entonces nos preguntamos ¿cómo absorberá la ciudad tradicional esta nueva era? ¿Qué estrategias hacen que innovación y cohesión sean conceptos compatibles?… ¿Se convertirá el muro de facebook la nueva plaza del pueblo?  

El espacio público como lugar de relación ¿real?  

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