Haciendo la colada. 10 de octubre de 2013

Desde muy pequeños, todos hemos corrido entre las sábanas recién tendidas. Hemos bailado bajo ellas, las hemos convertido en perfectos escondites y las hemos transformado en castillos e inescrutables laberintos. Ayer, coincidiendo con la clausura de la Semana Mundial de la Arquitectura, reivindicamos la colada como actividad vecinal, como ornamento efímero y cambiante de las calles de la ciudad, como estructura perfecta para le juego y la imaginación.

Momentáneamente, devolvimos al espacio público una de las funciones que lo convertían en un lugar de relación, donde las actividades cotidianas animaban a la creatividad o simplemente servían como excusa para charlar y ponerse al día.

Por una parte, tendimos nuestro fondo de armario en un improvisado mercadillo de intercambio. Por otra, dimos rienda suelta a nuestros más arraigados deseos infantiles, utilizando como lienzo los 48 metros de muro blanco de la instalación del Colegio de Arquitectos para convertirlos en las fachadas de una nueva calle de Palma, donde de repente se permitía tender, colorear paredes y suelos y recordar qué se sentía cuando corríamos entre el olor a suavizante.


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