De ciudades y laberintos.14 de noviembre

En repetidas ocasiones hemos defendido la calle como espacio de aprendizaje, como ampliación del aula que ayuda a desarrollar valores tan importantes como la autonomía, la autoprotección y las relaciones sociales. Seguimos intentando que la calle deje de ser un mero trámite (ése que pasamos de casa al cole y del cole a casa) para convertirse en una parte importante de la educación de nuestros pequeños. Simplemente, pararse a MIRAR, con mayúsculas. MIRAR las aceras, preguntándose por qué algunas nos obligan a hacer equilibrios. MIRAR las baldosas, que cambian en función del espacio que pavimentan. MIRAR los edificios, los bancos, los árboles… En definitiva, aprender a (y permitirnos) observar el entorno más allá de la ventanilla trasera de un coche. Porque si son impensables las calzadas de un metro de ancho, ¿qué nos lleva a permitir aceras de palmo y medio?  

Por todo ello, el viernes salimos de excursión con los más pequeños de La Salle. Nos convertimos en exploradores urbanos por una ciudad, Manacor, que ha crecido a ritmo frenético en las últimas décadas, donde un urbanismo con cierto desorden nos obliga a reivindicar nuestra condición de ciudadanos frente a la (siempre excesiva) presencia del vehículo privado. Como continuamos pensando que tal reivindicación parte del conocimiento, nos colgamos las mochilas para recorrer calles, plazas, avenidas y paseos. Cual diminutos Teseos (y Ariadnas), comprobamos que la ciudad no dista tanto de las estructuras laberínticas, donde los caminos también se cortan y se enredan. Y llenándonos de pintura hasta las orejas, terminamos construyendo nuestra propia ciudad-laberinto.

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