A quien modula, Dios le ayuda

El pasado mes de enero (sí, hemos tardado en contarlo), las maestras de dibujo de ESO del Colegio Santa Mónica nos pidieron un curso sobre Composición Modular. Al estudiar los contenidos curriculares del tema en cuestión, nos revino a la mente aquella frase que tantas veces hemos repetido, especialmente durante nuestra adolescencia: “Pero, ¿de qué me va a servir aprender todo esto?”. Y es que vistos así, al desnudo, los patrones de Pongal y Kolam o las teselaciones de Penrose nos dicen bastante poco (y nos atraen todavía menos).   Por eso, después de pensar cómo dar respuesta a la anterior pregunta, decidimos lanzarnos a la calle y buscar matrices por doquier, descubriendo que algunos (Le Corbusier, Hecker, los metabolistas japoneses,…) asistieron con atención a sus lecciones de geometría. 

Plan para la bahía de Tokyo (Kenzo Tange, 1960)   Pero el origen de las matrices no está, ni mucho menos, en el lápiz de los arquitectos. La naturaleza, siempre pionera, utiliza patrones en la gran mayoría sus formas: las plantas, los animales, las galaxias,… Son claros ejemplos de la presencia de las matemáticas en el entorno, de la magia numérica que nos rodea y que ha inspirado a artistas de todas las disciplinas.  

La espiral áurea y sus infinitas representaciones De repente, estudiar patrones sirve para algo. De repente, diseñar matrices es atractivo. Y es así como los 150 alumnos de 4º de ESO diseñan volúmenes orgánicos, esquemas de ciudades fractales y grandes estructuras modulares.   Por cierto, la variación (acertadísima) del refrán del título es de Javier Sáenz de Oíza.  

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